Practiquemos la empatía

Practicar la empatía no siempre es fácil. Requiere pausa, silencio interno y, muchas veces, dejar de lado el impulso de tener la razón. Sin embargo, cuando logramos ponernos en el lugar del otro —sin justificar, sin juzgar— descubrimos que comprender puede ser más sanador que responder, y que elegir la paz es también una forma de valentía.

Ser empáticos nos recuerda que cada persona carga una historia que no siempre conocemos, y que esas vivencias influyen en sus decisiones, actitudes y formas de ver la vida.

En el ámbito laboral, la empatía nos permite reconocer que todos tenemos fortalezas y áreas de mejora, sin que esto nos defina ni nos limite como personas. En lo personal, nos ayuda a crecer emocionalmente y a convivir mejor con quienes nos rodean.

La empatía nos enseña a alegrarnos por la felicidad ajena, a acompañar en los momentos difíciles o, al menos, a intentar comprender realidades distintas a la nuestra.

Sin duda, viviríamos en una sociedad más sana si más personas practicaran la empatía en lugar de solo mencionarla.

Y hoy, en medio de un contexto electoral donde las opiniones se polarizan y las redes sociales muchas veces amplifican la intolerancia, hablar de empatía se vuelve urgente. Porque la democracia nos da el derecho a expresarnos libremente, pero también nos desafía a hacerlo con respeto, humanidad y conciencia del otro.

Tal vez no pensemos igual, pero eso no nos convierte en enemigos.

Practicar la empatía, especialmente cuando más cuesta, puede ser el primer paso para construir diálogos más honestos, relaciones más sanas y un mundo un poco más justo y pacífico.
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